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La escritura de mujeres en el Diario de México (1805-1817): misterios y certezas

<strong>La escritura de mujeres en el <em>Diario de México</em> (1805-1817): misterios y certezas</strong>

Mariana Abreu Olvera

La estufa, Fitzroy Square de Duncan Grant (1936)

En mayo de 2021, me enteré de que existían al menos sesenta cartas firmadas por mujeres publicadas en el Diario de México (1805-1817), primer cotidiano que circuló en la Nueva España. Gracias a las investigaciones de Lourdes Alvarado y Lucrecia Infante tuve noticia de estas fuentes y supe, también, que estaba aún pendiente estudiarlas a profundidad. Mi acercamiento a ese periodo particular en la historia de las mujeres surgía de la inquietud que se había sembrado en mí a raíz de los hallazgos del grupo de investigación Escritos de Mujeres. Recientemente habíamos empezado a ampliar la búsqueda de textos a los siglos XIX y XX, además de continuar con la indagación de escritos de los siglos XVI al XVIII.

            Se acababa de publicar el séptimo volumen de la colección, Las Hijas del Anáhuac. Semanario literario, 1873-1874, con el que inauguramos la publicación de obras decimonónicas escritas por mujeres en México. El trabajo de edición de este texto me entusiasmó particularmente y surgió en mí la pregunta por las antecesoras directas de estas alumnas y maestras del taller de imprenta de la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres. Contábamos con escritos de la segunda mitad del siglo XVIII, por ejemplo, el Diario de viaje de la Marquesa de las Amarillas y las Devociones varias de María Anna Águeda de San Ignacio y con escritos de mujeres de la segunda mitad del XIX. Faltaba conocer escritos de las primeras décadas del XIX. Por otra parte, había trabajado como profesora en secundaria y preparatoria y me había enfrentado a la dificultad de acercarles la historia del siglo XIX mexicano a adolescentes. No encontraba por ningún lado otro relato de esa época más que el de la guerra y el de los grandes acontecimientos políticos. Fue así que mi búsqueda me llevó a las primeras publicaciones periódicas.

            En 2023, decidí acercarme a los textos de mujeres publicados en el Diario de México a través de mi investigación de doctorado. Me di cuenta de que había alrededor de cien escritos, entre los cuales había cartas, poemas y anuncios.  Además de consultas sobre temas prácticos, hay textos que abordan asuntos vinculados a la educación de las mujeres, a sus capacidades intelectuales, a sus prácticas de lectura, al contrato sexual, cartas escritas a alguna amiga en las que la autora narra escenas y experiencias de viaje, así como poemas y cartas que describen la guerra en España.

            La mayoría de estos textos están firmados con seudónimos, aparecen publicados de forma anónima o no contamos con los datos biográficos detrás del nombre, lo que dificulta conocer quiénes son sus autoras. Esto mismo ha provocado que, en ocasiones, investigadoras e investigadores asuman que se trata de hombres, pues se sabe que algunos editores recurrían a seudónimos femeninos para escribir sobre ciertos asuntos, principalmente aquellos vinculados con los modelos de feminidad que la ilustración trajo consigo en esa época. Sin embargo, el trabajo que hemos hecho en el grupo de investigación, permite poner en duda ese prejuicio y adentrarnos en las fuentes mismas y lo que ellas tienen que mostrar.

            Muchos de los textos comparten elementos que son comunes en la escritura de mujeres, como, por ejemplo, la retórica de la feminidad, visible en varios de los libros de nuestra colección. La investigadora Allison Weber llamó así a las distintas estrategias con las que una autora recurre a estereotipos femeninos relativos a su carácter y su lenguaje para escribir en un contexto adverso. Así, por ejemplo, varias de las autoras que aparecen en el Diario de México se presentan con humildad para después poder hablar de lo que las convoca con autoridad y firmeza. Por ejemplo, en una carta enviada por “La Cocinera del colegio de…”, publicada el 19 de junio de 1807, la autora se presenta de la siguiente forma:

Señor Diarista: No es la primera ocasión que le he dado a leer mis malas letras; pero habiendo visto que oye a los que se quejan de sus males, y que ha dado varios remedios para curarlos, y que yo he sido favorecida con el que nos dio de las hormigas en aguardiente, para los dolores epilépticos, reumáticos &c. &c. &.c quiero importunar su atención, y llamársela por un ratito, a que me oiga dos preguntitas, que voy a hacerle a nombre de toditas nosotras.

A pesar de que la consulta es sobre un asunto práctico, cómo ahuyentar a las moscas, la autora recurre a las estrategias de escritura que le permiten hacerse presente en un periódico de hombres.

            Otra pista importante en el reconocimiento de la escritura de mujeres es que es más directa, sin tantas metáforas y sin muchos artificios literarios. Como ejemplo, tenemos dos cartas tomadas de la Gazeta de Guatemala, escritas por dos mujeres distintas que vivían la guerra en España y publicadas el 8 de noviembre de 1809 en el Diario de México. En la primera, firmada por Tu amiga J. de P., se lee lo siguiente:

Amiga mía: son las nueve de la noche, y hace una hora que estamos con quietud, después de treinta días de no cesar el bombardeo ni un minuto. No puedo darte una idea de los horrores y estragos que ha causado, y causa. Son once los morteros que tienen, y por consiguiente muy á menudo ván once al ayre (bombas), y en los intermedios van una, dos y á veces más. Al rededor de nuestra casa han caído más de cuarenta, pues como tenemos la Catedral enfrente, y allí saben ellos tenemos el almacén de pólvora, y que está la Iglesia y claustro lleno de gente, tienen allí su dirección; pero Dios nos ayuda, pues no obstante de haber caído seis en la Catedral, no ha pasado más que una, y aunque mató trece mugeres, é hirió catorce, es esto poco en comparación de la gente que había en la Iglesia.[1]

Es una escritura concreta que describe una situación de forma directa y sin rodeos, muy ligada a lo que la autora está percibiendo a través de los sentidos y las emociones que provoca mirar el horror de la guerra. Lo mismo que la segunda carta, firmada por Doña A. de R.:

Querida de mi alma: son las diez de la mañana, y acaba de llegar nuestra valiente gente, que ha salido en número de quinientos hombres, á destruir la batería que acaban de construir, para batirnos en brecha. Ha sido casi tenacidad el salir, pero era preciso, y han conseguido su fin matando horror de gavachos; y aunque nosotros hemos tenido alguna pérdida, ha sido nada en comparación de la suya. Estoy algo trastornada. El artillero de quien te hablé en mi penúltima murió antes de ayer: mucho lo he sentido.[2]  

En los textos que se ha constatado de que son de autoría masculina no se observa esta forma de escritura tan concreta, ni tampoco el uso de la retórica de la feminidad. Al contrario, se suele observar una construcción literaria, de un personaje modelo y el uso un tono aleccionador.

            Los seudónimos que suelen usarse son otra pista para el reconocimiento de la escritura. Los que sabemos que fueron usados por los editores o escritores con frecuencia aluden a algún calificativo irónico del comportamiento de las mujeres, como, por ejemplo, La Coquetilla, con el que firmó Carlos María Bustamante, editor del Diario, o La Descocadilla y La Desgraciada. En otros casos, los autores hicieron anagramas con sus nombres, como Antonia Pozelo Mosto y Tomasa Ontonelo Pozi (anagramas de Antonio López Matoso) o Noriama Giciona Mazorda (anagrama de Mariano Ignacio Madrazo).

            En las cartas en las que podemos inferir que son de autoría femenina los seudónimos suelen ser más directos o la firma es el nombre real de la autora o sus iniciales. En otros casos, el texto aparece de forma anónima. Además de los ejemplos citados, aparecen los nombres de Matilde Escontol, Jertrudis Palacios y Vicenta Fieluz, María Eusebia, La Colegiala de las Vizcaínas, La Viuda Queretana, La Bachillera Poblana, Doña Felipa Ibáñez, María Bartola Caldas, Juana Quintero, Sor María Gertrudis de Cristo Amador y La agradecida M. V. T. P. S.

            En los casos en los que es más difícil identificar ciertos elementos de escritura, el tema mismo de la carta puede indicar el camino. Cabe preguntarse por qué a un hombre le interesaría escribir sobre ciertos asuntos haciéndose pasar por una mujer. En algunas ocasiones, es muy evidente que existe un propósito aleccionador hacia las mujeres. Un tema recurrente en los textos escritos por hombres con seudónimos en femenino es el de la coquetería, la forma de vestir de las mujeres y su forma de comportarse socialmente.

            En otros casos, no cabe esa intención y los temas indican otras inquietudes que no se explicaría que fueran exploradas por hombres que se hacen pasar por mujeres. Por ejemplo, esta oda a la naturaleza firmada por Matilde Escontol:

A la sombra acostados
En olorosos lechos
De mirtos, y de juncos,
Y de pámpanos tiernos,
Sobre nuestras cabezas,
De los olmos y fresnos
Las ramas, se mecían
Agitadas del viento.
En sus frondosas copas
En sus frondosas copas
Con revolido inquieto.
Las ardientes cigarras,
Cantaban mil conciertos.
La melosa calándria,
Resonaba á lo lejos;

Y su compás seguía
Alondras y gilgueros.
La tórtola gemía
En los álamos secos,
Bolviendo las montañas
Sus lugares acentos.[3]

O esta carta de Juana Quintero, en la que denuncia los abusos cometidos en los baños públicos:

S. E. ya que todos tienen lugar en su periódico de U. para exponer sus ideas en beneficios del público, permita U. á una ciudadana que tome una vez la pluma para ver si se destierra un abuso que cualquiera calificará de inmoral y escandaloso, al mismo tiempo que es contrario á la modestia que debe caracterizar á nuestro sexo.
       Sepa U. pues, que las pobres como, yo que no tenemos proporción de usar de los baños tan saludables á nuestra constitución, en nuestras propias casas, ocurrimos á los baños públicos, ó temascales, pero en estos, Señor Editor, hay el odioso abuso de que en los departamentos donde se bañan las mugeres, á ciencia y paciencia de los amos, entran los hombres á proveer de agua caliente y demás cosas que se ofrecen.[4]

Ante el prejuicio que persiste en muchos espacios académicos que pone en duda la posibilidad de que las mujeres escribieran en el pasado, cabe recordar estos elementos que forman parte de la genealogía de escritura de las mujeres. Gracias al recorrido hecho en el grupo de investigación y al conocimiento que hemos desarrollado en torno a los escritos de mujeres, es posible encontrar evidencias contundentes para identificar la voz de las mujeres aunque la identidad de las autoras sea un misterio. Es un error metodológico llenar vacíos con asunciones que contradicen a las fuentes mismas. Por ello, el punto de partida es siempre escuchar a las fuentes y recurrir al conocimiento que nos ha dado estudiar los escritos de mujeres de distintas épocas.


[1] Tu amiga J. de P., “Lealtad”, Diario de México, miércoles 8 de noviembre de 1809, núm. 1499, tom. XI, p. 554.

[2] Doña A. de R., “Lealtad”, Diario de México, miércoles 8 de noviembre de 1809, núm. 1499, tom. XI, p. 555.

[3] Matilde Escontol, “Oda”, Diario de México, miércoles 6 de noviembre de 1805, núm. 37, tom. 1, p. 145.

[4] Juana Quintero, “Abusos en los baños”, Diario de México, lunes 7 de junio de 1813, núm. 169, tom. I, p. 688.

¿Quiénes son las trabajadoras del hogar en México? Historias de vida de Ana Méndez y María Méndez

¿Quiénes son las trabajadoras del hogar en México? Historias de vida de Ana Méndez y María Méndez

María de los Ángeles Pérez Martínez

Huautla de Jiménez, Sierra Mazateca, Oaxaca,
Julio 2025.

Las trabajadoras del hogar remuneradas y no remuneradas son el sostén de la vida, su labor permite que otras personas tengan tiempo libre, espacios dignos, rompa limpia y alimentos preparados. Yo, puedo escribir este texto gracias a varias personas, principalmente a mi mamá y a mi papá, ambos con su trabajo me han permitido tener tiempo y recursos para desarrollarme como historiadora. Gracias a que mi mamá Esperanza Martínez ha limpiado nuestros espacios y cocinado para nosotros, he tenido el tiempo de estudiar hasta la universidad,  gracias a que ella hizo los alimentos yo tengo la oportunidad de venir a escribir este texto a la Biblioteca Central de la Universidad Nacional Autónoma de México.

De esta misma manera, la construcción del conocimiento sin apoyo colectivo y social sería imposible; la investigación que hace posible este escrito la he podido realizar gracias a mi madre, a mi abuela, a mi hermano, a mis primas y al trabajo de mis profesoras y compañeras de la carrera, también gracias al tiempo y al espacio que me brindaron las hermanas Ana y María Méndez Hernández quienes me permitieron recopilar sus voces como fuente primaria de mi tesis de licenciatura.

Es necesario mencionar que este texto se mueve en las tierras de la historia feminista, la historia oral y la historia del tiempo presente. La historia feminista hace visible lo obvio: “la experiencia de ser mujer es distinta a la de ser hombre, y que ambas experiencias dan como resultado diferentes historias”, según María Milagros Rivera Garretas, hablar de mujeres trabajadoras exige una mirada distinta a la de la academia masculina. Por otro lado, la historia del tiempo presente abrió la posibilidad de hacer un análisis histórico de una “realidad social vigente”, según Ángel Soto. Por último, la historia oral pensada, a partir de la definición que dio María del Carmen Collado, como “una metodología creadora o productora de fuentes para el estudio de cómo los individuos […] perciben y/o fueron afectados por los diferentes procesos históricos de su tiempo”.

Estas miradas y/o formas de acercarse al pasado me han dado las herramientas para recopilar las voces de dos mujeres que compartieron sus experiencias como mujeres y trabajadoras. Todo esto en el marco de la historia de vida que tiene como producción final un documento autobiográfico.

De noviembre del 2024 hasta abril del 2025 entrevisté en diferentes momentos a Ana Méndez y María Méndez, en sus respectivas casas ubicadas en el Estado de México. Desde que inicié este proyecto hablé con ellas y aceptaron participar de manera muy entusiasta en esta investigación. Para que el proceso de entrevistarlas fuera cómodo para todas las partes involucradas, partí de la honestidad enunciando cuáles eran mis objetivos y el porqué mi interés por sus experiencias. Además, para animarlas a hablar sin miedo, apelé a que todas tenemos la libertad de hablar de nuestras experiencias, así como ser escuchadas con atención y respeto, insistí en que sus testimonios son importantes para el conocimiento histórico.

Como historiadora feminista creo firmemente que hace parte de nuestra labor recopilar voces de otras mujeres, conservarlas para que estas no se pierdan y así armar nuestros archivos documentales y audiovisuales. También, considero que una actitud política es estar dispuestas a construir conocimiento histórico desde la curiosidad, el cariño y el respeto por las otras, desde marcos teóricos y metodológicas rigurosos que nos permitan análisis sólidos y cuestionamientos apropiados, dejando de lado la miseria masculina para así vernos como mujeres históricas. Ellas me contaron su vida, me narraron su niñez, su juventud, sus maternidades y sus trabajos, por lo que siempre estaré agradecida, pues me enseñaron una nueva forma de ver la experiencia de las mujeres trabajadoras.

 En este texto quiero centrarme en observar quiénes fueron antes de ser trabajadoras adultas, para no perder de vista que son humanas y que han cambiado junto con su contexto. Ellas nacieron mujeres y eso marcó toda su experiencia de vida, nacer mujer es un hecho histórico e interpretable nos dice la historiadora, María Milagro Rivera Garretas. También fueron niñas y jóvenes que aprendieron sobre el trabajo y el valor de este a partir de su madre Sirenia Hernández, quien fue la adulta que las acompañó en esta etapa de formación. Además, en ese tiempo construyeron una idea del trabajo que repercutió en sus experiencias laborales ya siendo adultas. Ana Méndez y María Méndez nacieron en la década de 1960 en la Sierra Mazateca, ubicada en el estado de Oaxaca, México. Son parte de la comunidad indígena mazateca de donde aprendieron su lengua materna, mientras que el español fue su segunda lengua que asimilaron en la educación básica y en la capital mexicana. Actualmente ambas viven en el Estado de México, en municipios que se encuentran en las periferias de la ciudad  llamados municipios dormitorio. Son nombrados así porque es usual que sus habitantes lleven una vida laboral, escolar y social en un lugar diferente y lejano a su domicilio. En el caso de las hermanas Méndez, viven en el Estado de México mientras que sus lugares de trabajo están en la Ciudad de México, a lo que para llegar se invierten más de dos horas en transporte publico.

Las hermanas Méndez vivieron la niñez y parte de su juventud en el municipio de San José Tenango ubicado en la Sierra Mazateca, en donde fue común que realizaran tres jornadas de trabajo: la escuela, la casa y el campo. El trabajo fue un aspecto que atravesó esta etapa de sus vidas. Para que ellas accedieran a la educación primaria y secundaria tuvieron que hacer esfuerzos físicos extras como el caminar horas de un pueblo a otro. Este recorrido no lo hacían solas, lo hacían con sus amigas con quiénes se organizaban para el cuidado de todas y de los niños más pequeños, entre ellas se dejaban pistas en el camino parar saber que alguna ya había pasado. Esto nos hace recordar la importancia de la organización cotidiana de niñas y mujeres ya son ellas las que cuidan la vida. Por otro lado, desde pequeñas se hicieron cargo del trabajo doméstico, ellas cocinaban y limpiaban.

En San José Tenango que es de la Mazateca Alta y de la subregión Tierra Templada, predomina el bosque tropical y en el cual son posibles los cultivos de maíz, frijol, chile, café, arroz. Para el tiempo en el que mis protagonistas vivieron ahí (1960 a 1980), su familia dependió económicamente de la tierra y las cosechas que esta pudo darles. La lluvia permitió que la magia de los cultivos ocurriese, es por ello, que a lo largo de las entrevistas que trataron sobre esta época de sus vidas fue común las menciones a la lluvia y de cómo esta formó parte de la vida cotidiana: “Ay, sí, allá sí [risa], llovía muy seguido, a veces nos agarraba hasta la escuela lloviendo, saliendo de la escuela y hasta llegar a la casa, llueve, llueve, llueve, llueve toda la noche, y si no, hasta otro día otra vez. Pero no hay de otra, tenemos que caminar”(Ana Méndez Hernández entrevista realizada el 19 de noviembre de 2023).  

Ellas aparte de sobrellevar a la lluvia, también se dedicaron a la siembra y a recoger las cosechas que eran para el consumo familiar y para la venta, de la cual también participaron. Asimismo, tenían que hacer que el maíz y el café fueran comestibles, desarrollando los procesos para que esto fuera posible; moler el café o el nixtamal. Todos estos procesos eran manuales ya que no había luz eléctrica, a pesar de tener la presa hidroeléctrica Miguel Alemán cerca de su comunidad. Respecto al café, ambas le dedicaron un espacio considerable para hablar de este y de su comercio, lo cual me llamó la atención, gracias a esto, me encontré y reflexioné sobre la historia agraria, política, social y cultural de México de la cual, ellas son participantes importantes. La producción de café ha sido parte fundamental de la historia de la Sierra Mazateca y de sus habitantes, como en el caso de las hermanas Méndez Hernández. La caficultura fue introducida en el siglo XIX en San José Tenango ya que este fue elegido como uno de los lugares idóneos para la cosecha del grano por el gobierno de Porfirio Díaz.

Para el tiempo en el que Ana y María entraron al mercado cafetalero este ya estaba regulado a nivel nacional e internacional. María Méndez expresó en la primera entrevista que ellas iban a una tienda a vender el café que cosechaba su familia, este lugar le pertenecía a un Instituto. Ella me explicó que entregaban su café, después tenían que esperar un tiempo a que se vendiera y dependiendo del precio de venta recibían una paga. La institución a la que se refirió es el extinto Instituto Mexicano del Café (INMECAFE), el cual inició sus operaciones en 1958. Este se encargó de la producción dentro del país y de negociar a nivel internacional los precios de exportación. Mientras el INMECAFE operó en el país también implementaron un sistema de compra a los pequeños y medianos productores, a través de las Unidades Económicas de Promoción y Comercialización. Es probable que al lugar en donde Ana y María dejaban su café haya sido uno de estos sitios. En estas unidades las personas dejaban su producto y éstas recibían un vale para después ser cobrado, la retribución iba de acuerdo al precio en el que se vendiera el café que entregaban.

Como vemos, la caficultura atravesó la niñez y juventud de las hermanas Méndez entre 1960 y 1980. En sus testimonios ambas expresaron lo pesado del trabajo físico, desde acarrear el agua hasta preparar el grano y, después, llevarlo a las instalaciones del INMECAFE. Para ellas y sus familias este era su principal trabajo. En este periodo fue la primera experiencia de trabajo para las dos: “Antes se daba muy bonito [el] café y pues a eso se dedicaba la gente, esa era su trabajo, no se aburría la gente, era para ellos eran un dineral no podía caer ni un café, no podía desperdiciar nada. Lo recogía[n] todo, todo, hasta lo que se caía abajo de sus árboles lo recogía la gente porque era muy caro” (Ana Méndez Hernández entrevista realizada el 19 de noviembre de 2023). Sin embargo, los beneficios de este cultivo no tardaron en desaparecer. A finales del siglo XX el neoliberalismo cobró fuerza y se liberó el mercado del café, los organismos nacionales e internacionales que se encargaron de regularlo perdieron fuerza, el INMECAFÉ dejó de operar en 1989. Lo que repercutió en el día a día de las personas, la señora María Méndez lo expresó de la siguiente manera: “Y cuando de repente se vino abajo todo, pues […] se perdió el Instituto […], la gente sufría mucho, hasta ahora sigue sufriendo, ya no hay dinero, ya no hay trabajo, y no se puede hacer nada, entonces por eso gente viene a […] la ciudad, porque ya no tienen trabajo allá.”

Fenómenos como el descrito en el párrafo anterior, así como la industrialización y la urbanización en México dieron como resultado el empobrecimiento del campo y la migración indígena. Como fue el caso de Ana y María, ellas migraron a la capital de México en 1983 en busca de mejores oportunidades laborales. Ya instaladas en la ciudad trabajaron en diferentes lugares, sin embargo, el trabajo del hogar fue en donde tuvieron mayor estabilidad económica. La mayoría de las mujeres migrantes que llegaron a la Ciudad de México y a sus alrededores desde los ochenta se han dedicado principalmente al trabajo informal y al servicio doméstico, aunque esto fue variado según Mary Goldsmith.

Durante 1970 las trabajadoras del hogar conformaban la cuarta parte de la población activa laboral femenina, sin embargo, para la década de 1990 solo una de cada nueve mujeres trabajadoras se dedicaban al trabajo del hogar. María Méndez comenzó su trayectoria laboral como trabajadora del hogar entre 1984-1985, su hermana Ana inició a trabajar con ella en 1986. Desde entonces ambas han trabajado sin ser consideradas como trabajadoras por sus empleadoras y por las leyes mexicanas, no ha existido un mecanismo real en el que se respete sus derechos laborales, por lo que ellas y otras mujeres dependieron los intereses de sus patrones y patronas. Por estas razones ha existido una lucha constante de mujeres por dignificar su trabajo, mejorar las condiciones y garantizar los derechos laborales. En 2019 en México se llevó a cabo la reforma del Capítulo XIII de la Ley Federal de Trabajo para que las obligaciones de los y las empleadoras fuesen más claras y se registró el Sindicato Nacional de Trabajadores y Trabajadoras del hogar (SINACTRAHO). Sin embargo, con el tiempo ellas aprendieron a negociar sus condiciones laborales y a resistir las injusticias que también se suscitaron. A pesar de todo, ellas reconocen que sus trabajos les dieron un espacio de libertad en sus vidas, no dependieron económicamente de sus parejas y pudieron sostener a sus hijos. Ana en la última entrevista que tuvimos me dijo que el trabajo del hogar le dio una casa y la flexibilidad de horarios para atender en momentos urgentes a sus hijas.

Con esto quiero cerrar, las mujeres trabajan y construyen sus espacios dignos a pesar y por encima de los aparatos estatales y de sus leyes patriarcales. Ellas desde el inicio de sus vidas se han sostenido con el trabajo de sus manos y de su cuerpo, trabajaron la tierra y limpiaron casas, han estado activas en los primeros procesos para que una sociedad se pueda alimentar, para que puedan beber café y para que puedan tener tiempo libre. La vida en estas décadas no hubiera sido posible sin la labor de mujeres como Ana Méndez y María Méndez. Por ello, sus voces deben de ser recogidas y resguardadas para no olvidar de dónde venimos todas, para no olvidar que ellas merecen más y exigir que las deudas con ellas sean saldadas, que es su derecho tener una vejez digna ya que ellas le dieron a este mundo su niñez, su juventud y adultez.


Entrevistas

Entrevista a Ana Méndez Hernández, Estado de México, 19 de noviembre de 2023.

Entrevista a Ana Méndez Hernández, Estado de México, 21 de abril de 2024.

Entrevista María Eufenia Méndez Hernández, Estado de México, 18 de noviembre de 2023.

Bibliografía

Cárdenas Gómez, Erika Patricia, “Migración interna e indígena en México: enfoques y perspectivas” en Intersticios Sociales, El Colegio de Jalisco n. 7, marzo-agosto, 2014, pp. 17-2. 

De Garay, Graciela (coord.), La historia con micrófono, México, Instituto de investigaciones Dr. José María Luis Mora, 2006, 116 p.  

García Cerqueda, Osiris, “‘Todos somos hijos del café’. Capitalismo, Estado y subjetividades emergentes en la historia de la sierra mazateca: de la caficultura decimonónica a la lucha contemporánea por el poder municipal”, Tesis, 2023 

Goldsmith, Mary, “De sirvientas a trabajadoras: la cara cambiante del servicio doméstico en la ciudad de México” en Debate Feminista, n. 17, abril, 1998, pp. 85-96. 

Rivera Garreta, María Milagros, La diferencia sexual en la historia, España, Universitat de València, 2005, 199 p. 

Robles Berlanga, Hector Manuel, et al., “Producción de café en la Sierra Mazateca”, tesis, unam 1988. 

Soto Gamboa, Ángel “Historia del presente: Estado de la cuestión y conceptualización” en HAOL, n. 3, invierno, 2004, pp. 101-116. 

Las tres amigas: Teresa, Clara y Catalina

Las tres amigas: Teresa, Clara y Catalina

Dra. Caro Narváez
Tres Guineas

Las amistades intangibles son una figura que nace de mi a partir de experimentar el sentimiento que me produce leer a otras del pasado. He percibido que al leer una verdad escrita por otra se han resuelto incógnitas que consideraba imposibles, he percibido como al producirse una sensación de espejo me reflejo en aquella otra que me da medida: la amiga, y también, la maestra. Al ver su grandeza me es cercana y posible la mía. La necesidad que surge de darle lugar a esta experiencia, también, es trazada a partir de mis lecturas de monjas novohispanas. Muchas de ellas remiten a ideas que han heredado o que consideran pertenecientes a su genealogía femenina: beguinas, beatas, monjas, iluminadas y místicas. He de recordar a Sor María Coleta una monja oaxaqueña que en una inspiración refiere el misterioso verso de Teresa de Ávila “vivo sin vivir en mí”

…Porque se me juntaba con tan grandes ansias, que paresía se me salía el alma; me duraron las lágrimas sería asta las nueve. Aunque an pasado otras cosas de ablas, no puedo ponerlas porque esta cosa que ahora siento no me da lugar, porque sobrepasa a todo cuanto me pasado siempre, pues bibo sin bibir en mi…Dios me guarde su bida muchos años, Hija que en Jesús le ama, Sor María Coleta.[1]

El relato de Sor Coleta es conmovedor, se sale el alma pues en la emoción o ansia que le produce la Divina Presencia pierde las palabras, no hay lugar para la descripción. Sin embargo, es a través de lo dicho por Teresa de Jesús que encuentra una manera de decir lo que ha nacido en el silencio y parece no traducible. Sor Coleta leyó esta maravillosa poesía lírica dejada por Teresa, en quien ella depositó su experiencia:

Vivo sin vivir en mi

Vivo sin vivir en mí,
y tan alta vida espero,
que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,
Después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí.
Cuando el corazón le di
Puso en él este letrero
Que muero porque no muero.

Aquesta divina unión,
del amor en que yo vivo,
ha hecho a Dios mi cautivo
y libre mi corazón.
Y causa en mí tal pasión
ver a Dios mi prisionero
que muero porque no muero[2]

He considerado las amistades intangibles como un soporte al alma y he visto el efecto inmediato que tienen. Considero que, si diéramos lugar al sentimiento producido en esta relación, la imaginación se nutriría y lograríamos enlaces impensables e inauditos como los que solo pueden resultar del pensamiento libre de una mujer.

            La amistad intangible puede, en todo caso, solo surgir frente a un libro vivo, referencia que ha hecho la historiadora María Milagros Rivera en la que plantea que, un libro vivo está lleno de profecías, un libro con vida: “tiene vida porque no está hecho de letra muerta y aburrida sino de esa cosa maravillosa que va constituyendo cada existencia”.[3] Así que las mujeres reconocemos un libro vivo cuando se despliega ante nosotras, pues la experiencia de sentir a otra en una enunciación real y verdadera llena de sentido nuestra obra.

            El ejemplo que ahora mismo me acompaña es la amistad entre Teresa de Jesús, Clara de Asís y Catalina de Siena como la expresión de un milagro “gracias al cual un ser humano acepta mirar a distancia y sin acercarse a ese ser que le es tan necesario como el alimento”.[4] Aquel ser se mira en la distancia y en la cercanía, se acoge en un espacio nacido para que llegue la amiga. El espacio nacido en mí, propicia sentirme capaz de reconocer en otra lo que anhelo para mí, y así admirar y no envidiar, aprender y pulir. El espacio que nace en mí y da lugar a otra, es también, la duda o el temor frente a un camino recién descubierto, ¡la iluminación! el sitio que nace y permite el reconocimiento, es, también, la experimentación de la piedad, a la manera de María Zambrano; un sentimiento de heterogeneidad del ser y la sabiduría para tratar con ese misterio.[5]

            Es profundo aquello que he visto nacer en mí y en Teresa al mantener un estrecho vínculo con Clara y Catalina. De igual manera, siento que hay una simplicidad en la amistad, evidencia de lo hermoso y de lo que propicia en cada una, por tanto, de lo manifiesto. Una posible locura que te valida y te permite estar enunciada, dicha. Es esa la amistad en la que esculpo todos los días, aquella en la que no me cincelo para agradar y en la que me complace saber que a mi amiga deleito; pues no hay otra atrás de mí.

            La poeta Nahui Olin, en su poemario Tierna soy en el interior, recoge un poema titulado “Cuando estoy cerca de mis amigas”. Nahui relata un goce, un arrebato misterioso que la restaura en donde ella recibe y ofrenda:

Completamente
            Reflorecida
de
mi
            juventud
soy
como
una
diosa
poseída
                        por la
                        locura
            que
            se ríe
de las desgracias
                        de la vida
                        que olvido
y
me
río
poseída
por la
locura
como
una
diosa
colocada
                        en
                        la vida
para embellecer a mis amigas
            y
            se
            dice
            que
            yo
            tengo
                        encerrados
            en
            mis
            ojos
            misterios
            de países
            nuevos
            que
            tienen
            risas
                        placeres
                        reflorecidos
            en mi juventud
            que me convierten
            en una diosa
            poseída
            por la
            locura
            que
            se ríe de las desgracias
                           de la vida
cerca de mis
              AMIGAS. [6]

El término Amistad intangible, surge en mí, a partir de considerar las relaciones de profunda entrega que nacen con mujeres del pasado. Relaciones que significan y dan lugar en el mundo, lugar en el que se origina y en el que se concibe. Una amistad nacida a través de la escritura y de la lectura, amor que crea lazo entre creadoras y que a manera de circuitos espirituales y misteriosos dejan nacer una relación. En una amistad intangible se vive una doble creación; no solo porque la mujer que lee a otra encuentra medida y ejemplo, sino, además, porque la creación se percibe acompañada, asistida; nace una relación mientras se desprende un fruto.

Teresa vivió entrañables e intangibles amistades con Clara de Asís y Catalina de Siena. Dos mujeres que han dejado huella en la vida espiritual de occidente, pero, que, sobre todo, han sido sostenedoras de una tradición de espiritualidad femenina que habla y actúa en consonancia de Amor, del vínculo, de la circularidad de la unión emocional, espiritual y afectiva. Mujeres de grandes obras que tuvieron en su horizonte una conciencia clara de emisión y genealogía femenina.

Intento mostrar que la percepción sobre la distancia que se marcó entre estas tres mujeres, se vuelve otra en la mediación con lo intangible. El trecho percibible entre un siglo y otro solo es capaz de ser recorrido si nace el milagro del encuentro, de la afectación que produce la escritura y la experiencia de otra que se muestra, aparentemente, lejana. El distanciamiento que existe entre Clara, Catalina y Teresa es proximidad que se funda como amistad intangible, reconociendo en otra, obra viva y lección imprescindible.

Teresa y Clara: apuntes sobre una amistad

Clara de Asís había nacido en el siglo XII en Italia en 1193 o 1194 y había fallecido en 1253, la labor que desempeñó como fundadora de las religiosas franciscanas le ha dado el atributo de ser la primera mujer que redactó una regla escrita que ha aprobado la iglesia.[7] Durante 40 años Clara fue la superiora del convento de San Damián, escribió una forma de vida en la que insistió en la pobreza y que fue la base para la regla que ella misma redactó con posterioridad (1247-1252), adaptación para las religiosas de la regla franciscana. Regla basada en el evangelio y no el cúmulo de preceptos que para entonces la iglesia estipulaba.

Santa Clara le enseñó a Teresa a esforzarse, a continuar lo comenzado. Bajo el apoyo de ella y de lo escrito en la Regla que soñó, Teresa compaginó su ideal de comunidad tiñéndolo de la experiencia que Clara de Asís había ya consignado en su regla. En el Libro de la vida (33,13) Teresa se refiere a Santa Clara así:

El día de Santa Clara, yendo a comulgar, se me apareció con mucha hermosura. Díjome que me esforzase y fuese adelante en lo comenzado, que ella me ayudaría. Yo la tomé gran devoción, y ha salido tan verdad, que un monasterio de monjas de su orden, que está cerca de éste, nos ayuda a sustentar; y lo que ha sido más, que poco a poco trajo este deseo mío a tanta perfección, que en la pobreza que la bienaventurada Santa tenía en casa, se tiene en ésta y vivimos de limosna; que no me ha costado poco trabajo que sea con toda firmeza y autoridad del Padre Santo, que no se puede hacer otra cosa, ni jamás haya renta. Y más hace el Señor, y debe por ventura ser por ruegos de esta bendita Santa, que sin demanda ninguna nos provee Su Majestad muy cumplidamente lo necesario. Sea bendito por todo. Amén.[8]

Santa Clara es sentida por Teresa como protectora, mientras que es vista como guía. El soporte que le da conocer las condiciones en las que vivió Clara, ayuda a Teresa a no decaer y a confirmar que el camino de bienaventuranza esta ya trazado. La obra de Clara le ínsita a una fe viva. Es justamente en la regla de Clara de Asís donde descansan algunos señuelos que Teresa de Ávila va a retomar para su obra.

Teresa y Catalina: dos amigas lejanas en el tiempo

A Teresa de Ávila le llegaron ecos de la leyenda de Santa Catalina de Siena. Desde muy pequeñas habían tenido experiencias místicas que las condujeron a una práctica de oración y gusto por la soledad. Seguramente Teresa conoció de la voluntad férrea de Catalina al no admitir el destino que su padre pretendía para ella: resistirse frente al matrimonio cortando su melena y ensimismándose cada vez más, acto que resultaría para Teresa motivo de admiración. Catalina es una luz para Teresa, cuando aparece el conflicto, la invoca y le pide soporte.

            La obediencia es trasmitida por Catalina como una gran protectora, es, además, una guiadora. De la obediencia se desprende la humildad, guardiana de los males que afectan al corazón humano: la envidia y la calumnia. Teresa inició su obra renovadora a sus 47 años, después de haber conocido el rigor del claustro y la libertad ofrecida por los votos; mientras tanto Catalina trabajó fuerte siendo muy joven dejando un legado importante pero mucho menos abundante que Teresa, Catalina murió a los 33 años mientras que Teresa lo hizo a los 67. Pese a las diferencias territoriales y de edad, Teresa no dudó en mirar a Catalina, su juventud no fue motivo de duda, le permitió reconocer la fuerza de otra que en circunstancias, tal vez más difíciles, había llevado a cabo su intención de perfección.

            Teresa reconocía en Catalina verdad, experiencia y palabra llena de veracidad, esto permitió el nacimiento de una amistad intangible, la experiencia de sentir a otra en una enunciación real y verdadera. La confianza acrecentada en Dios experimentada por Teresa, le permitió salir a fundar, después de muchos años de una relación contemplativa y de quietud que también traía consigo estabilidad. Teresa hizo frente a la calle, los caminos sinuosos, el bosque, el calor, la gestión y lucha por los recursos con la palabra que argumenta y sostiene actos, además, de con una vida interior explorada y reconocida por sí misma.


[1] Cartas de Sor María Coleta, CDMX, Archivo General de la Nación, indiferente virreinal, Caja 6340, exp. 005, carta 15 [96v] [44v]

[2] Teresa de Jesús, Obras completas…op.cit., [Poesías págs.: 1177-1178-1179]

[3] María Milagros Rivera Garretas, Teresa de Jesús, edición bilingüe, editorial Sabina, 2014, pág. 29

[4] Simone Weil, La amistad pura, op.cit., pág. 99

[5] María Zambrano, Para una historia de la piedad, Aurora: papeles del seminario María Zambrano, 2012, págs. 64 a 72.

[6] Nahui Olin, “Cuando estoy cerca de mis amigas” en Tierna soy en el interior, editado por: Patricia Rosas Lopátegui, Nahui Olin Sin principio ni fin. Vida, obra y varia invención. Universidad Autónoma de Nuevo León, México, 2011, págs. 109-110. Vale la pena aclarar que no hay error en la forma como está escrito el verso. Nahui jugaba de maneras sorprendentes con la forma y la imagen de su poesía.

[7] Sor Ma. Victoria Triviño Monrabal, OSC, Balague (Lleida), “El libro que da forma a la vida claustral: la regla de Santa Clara, en los 800 años de la fundación de las clarisas (1212-2012), pág. 427, Tomado de: https://dialnet.unirioja.es.

[8] Teresa de Jesús, Libro de la Vida en Obras completas, director, Alberto Barrientos, 3 edición, Editorial de Espiritualidad, Triana 9, Madrid-16, 1984, pág., 232.

Esther Seligson. La adivina de lo desconocido

Esther Seligson. La adivina de lo desconocido

Oriana Delgado Valdepeñas
Grupo de Investigación Escritos de mujeres
CDMX, enero 25 de 2025

Esther Seligson

Mi primer encuentro con Esther Seligson Berenfeld (1941-2010) se originó a finales del verano del 2023 cuando, por azar, en uno de los libreros de mi mamá hallé sus Cuentos reunidos editados por Malpaso en 2017. Desde esa primera ocasión, su historia y sus textos se me presentaron como un misterio del cual quise saber más. Gracias al prólogo que escribió Sandra Lorenzano, supe que estaba frente a una escritora que había crecido dentro de la religión judía y quien, simultáneamente, disfrutaba aprendiendo sobre el tarot, la cábala, la adivinación, la mitología griega, los relatos bíblicos y la acupuntura.


Mi curiosidad por saber más sobre Esther creció cuando leí el prólogo que Sandra Lorenzano escribió sobre ella en el que cuenta que la escritora fue “una adivina, maga y astróloga que se sentaba en el piso, descalza, a hablar de la vida, de la muerte y de los misterios de lo sagrado en su taller de sacerdotisas”. Con esa primera imagen mágica sobre Esther, leí Sed de mar (1984), el libro en el que ella creó una serie de cartas entre Penélope y Odiseo; semanas después leí su recuento autobiográfico publicado bajo el título Todo aquí es polvo (2011) y sus diarios de viaje publicados en Escritos a mano (2011), así me adentré más en el misterio de su universo.


Esther, escorpión de octubre con ascendente en leo y Plutón, poeta, tarotista, astróloga, viajera, maestra, dramaturga y, como dice María-Milagros Rivera Garretas, ama de su casa, creció junto a su hermana menor, Silvia Seligson, dentro de una familia judía no ortodoxa que tuvo origen en México gracias a su madre, María Berenfeld, y a su padre, Szlome Zeligson, también conocido como Salomón Seligson, ambos judíos que llegaron a México desde Rusia y Polonia como parte de un grupo de personas judías que buscaban refugio en otros países.


Esther creció dentro de un ambiente con tradiciones religiosas profundamente arraigadas, pasó su infancia y parte de la adolescencia dentro de la escuela judía Yavné y permaneció en la casa familiar hasta pocos días después de cumplir diecinueve años cuando, por decisión de su padre y de su madre, se casó con Alfredo Joscowickz con quien, poco tiempo después, tuvo a sus dos hijos Leo y Adrián Joscowickz Seligson. Su matrimonio con Alfredo duró cerca de diez años, tras los cuales finalizó por medio del divorcio.


Después de su relación con Alfredo Joscowickz, la escritora tuvo otras parejas, sin embargo, eligió no volver a compartir su casa con ninguno de ellos. Esther decidió tener su espacio propio, habitar en un hogar solo para ella, en sus propias palabras: “yo escogí la soledad como quien se interna por un camino sagrado. Así que se equivocan si piensan que vivo sola por despecho o por conservar memorias intactas. ¿Por qué habría de volver a podar y podar las alas de mi libertad?” Esther fue una mujer libre que mantuvo siempre como orden primordial la política de la relación y la obediencia hacia sí misma.
A partir del trabajo de investigación que he hecho sobre la vida de Esther Seligson, noté que la libertad de la que tanto escribió era siempre una libertad en relación, característica de la política femenina y del estar entre mujeres. La práctica que Esther tenía de su libertad era a partir de su relación con lo divino, con Dios. La vida que la escritora eligió y las decisiones que tomó, estuvieron encaminadas a generar sus encuentros con el ser divino.


Aunque Esther Seligson fue educada bajo una religión patriarcal y presionada a casarse como parte de una tradición de ésta, la relación que tenía con Dios era de intercambio libre, ella nunca necesitó de la mediación masculina para poder contactar con la divinidad pues ésta se encontraba situada a su alcance. Cada una de las experiencias espirituales que Esther Seligson tuvo, venían del entendimiento que tenía de haber nacido de una mujer y de su propio ser mujer. Para Esther, su ser mujer significó tener la capacidad de ser “derramante y recipiente” al mismo tiempo, de ser dos en un solo cuerpo, de recibir a alguien más (humano o divino) dentro de sí.


Desde ese primer contacto con Esther, supe que había algo mucho más antiguo que se revelaba entre sus páginas, una experiencia que ya había sido escrita por otras autoras. Esther se presentó ante mí como parte de una extensa genealogía de escritoras que comparten entre sí la experiencia de la visita de Dios, lo que Luisa Muraro describió como “un tipo de experiencia histórica que parece repetirse, en relación dual, entre mujeres de épocas y contextos relacionales bastante distintos”. Esther, como muchas otras escritoras, dejó en su escritura el testimonio de una vivencia que ya había sido experimentada y descrita por otras mujeres en la historia: la posibilidad de albergar a Dios en el cuerpo y de hacer de esa vivencia algo tangible y comprensible.


A lo largo de toda esta aventura tan maravillosa que ha sido trabajar con Esther, me encontré con la apertura de un infinito de posibilidades que están situadas a mi alcance. A través de su escritura he conocido más acerca de la vitalidad de la libertad femenina y mi propia práctica de ella. Con cada una de sus obras, Esther me regaló la claridad necesaria para seguir el hilo dorado que encontré escondido entre sus palabras y que se unía al de otras escritoras que habitaron en lugares y temporalidades distintos y quienes también recibieron a Dios dentro de sus cuerpos. Me aventuré así en la intimidad de sus páginas, con la certeza de que en Esther había encontrado el inicio de un tesoro, una puerta hacia una genealogía de escritoras que estuvieron abiertas a la posibilidad de recibir a Dios.


La reconstrucción que hice sobre su vida ha sido una de las investigaciones que más he gozado. El camino junto a Esther Seligson ha estado lleno de sorpresas secretas, cada vez que pensaba que no podía encontrar más sobre sus revelaciones se presentaba una nueva oportunidad: entrevistar a su hermana Silvia Seligson, acceder a los archivos fotográficos familiares, tener entre mis manos algunas de las postales que Esther escribió con detalles sobre sus deseos de ser rabina, sus incursiones en los viajes chamánicos con peyote y sus estadías de semanas en silencio en el desierto. Cada una de estas experiencias que conocí tenían en común su hambre y su sed de Dios, su inmensa necesidad de saberse tocada por lo inaudito.


La dicha de trabajar con Esther Seligson ha significado también estar en relación con otras escritoras como Enriqueta Ochoa, Laura Esquivel, Claudia Kerik, Inés Arredondo y Elena Poniatowska, pues, contrario a lo que se suele pensar, ninguna de ellas llevó su proceso creativo de forma aislada o en relación únicamente con los escritores que fueron sus contemporáneos. En Escritos a mano y Todo aquí es polvo, encontré las menciones que Esther hizo sobre su amistad con otras escritoras, recuerdos de las conversaciones que tenía con ellas, fragmentos de las postales que les enviaba desde Jerusalem, Praga o Lisboa. Seguí el rastro de aquellas pistas y comencé a imaginar a Esther desde la relación, pensando siempre en las redes que ella creó con otras escritoras.


Tal y como Esther se acompañó siempre de otras mujeres, con quienes tejió los hilos que unen sus historias, el trabajo que hice sobre ella también ha sido a partir de la relación con las otras. A mi investigación la han acompañado Inés Arredondo, Luisa Muraro, Margarita Porete y Pita Amor que me permitieron ver entre sus páginas la misma experiencia histórica, mi mamá y mis amigas quienes me escucharon hablar incansablemente sobre la maravilla de los encuentros espirituales de Esther, mis maestras y mi directora de tesis que han leído y acompañado pacientemente cada una de las ideas y páginas que he escrito, Silvia Seligson quien desde el inicio me recibió con afecto y abierta a la posibilidad del intercambio y, por supuesto, mi querida Esther que me reveló la dicha de lo desconocido, me enseñó sobre la obediencia a una misma y los misterios de la vida.