Mariana Abreu Olvera

En mayo de 2021, me enteré de que existían al menos sesenta cartas firmadas por mujeres publicadas en el Diario de México (1805-1817), primer cotidiano que circuló en la Nueva España. Gracias a las investigaciones de Lourdes Alvarado y Lucrecia Infante tuve noticia de estas fuentes y supe, también, que estaba aún pendiente estudiarlas a profundidad. Mi acercamiento a ese periodo particular en la historia de las mujeres surgía de la inquietud que se había sembrado en mí a raíz de los hallazgos del grupo de investigación Escritos de Mujeres. Recientemente habíamos empezado a ampliar la búsqueda de textos a los siglos XIX y XX, además de continuar con la indagación de escritos de los siglos XVI al XVIII.
Se acababa de publicar el séptimo volumen de la colección, Las Hijas del Anáhuac. Semanario literario, 1873-1874, con el que inauguramos la publicación de obras decimonónicas escritas por mujeres en México. El trabajo de edición de este texto me entusiasmó particularmente y surgió en mí la pregunta por las antecesoras directas de estas alumnas y maestras del taller de imprenta de la Escuela de Artes y Oficios para Mujeres. Contábamos con escritos de la segunda mitad del siglo XVIII, por ejemplo, el Diario de viaje de la Marquesa de las Amarillas y las Devociones varias de María Anna Águeda de San Ignacio y con escritos de mujeres de la segunda mitad del XIX. Faltaba conocer escritos de las primeras décadas del XIX. Por otra parte, había trabajado como profesora en secundaria y preparatoria y me había enfrentado a la dificultad de acercarles la historia del siglo XIX mexicano a adolescentes. No encontraba por ningún lado otro relato de esa época más que el de la guerra y el de los grandes acontecimientos políticos. Fue así que mi búsqueda me llevó a las primeras publicaciones periódicas.
En 2023, decidí acercarme a los textos de mujeres publicados en el Diario de México a través de mi investigación de doctorado. Me di cuenta de que había alrededor de cien escritos, entre los cuales había cartas, poemas y anuncios. Además de consultas sobre temas prácticos, hay textos que abordan asuntos vinculados a la educación de las mujeres, a sus capacidades intelectuales, a sus prácticas de lectura, al contrato sexual, cartas escritas a alguna amiga en las que la autora narra escenas y experiencias de viaje, así como poemas y cartas que describen la guerra en España.
La mayoría de estos textos están firmados con seudónimos, aparecen publicados de forma anónima o no contamos con los datos biográficos detrás del nombre, lo que dificulta conocer quiénes son sus autoras. Esto mismo ha provocado que, en ocasiones, investigadoras e investigadores asuman que se trata de hombres, pues se sabe que algunos editores recurrían a seudónimos femeninos para escribir sobre ciertos asuntos, principalmente aquellos vinculados con los modelos de feminidad que la ilustración trajo consigo en esa época. Sin embargo, el trabajo que hemos hecho en el grupo de investigación, permite poner en duda ese prejuicio y adentrarnos en las fuentes mismas y lo que ellas tienen que mostrar.
Muchos de los textos comparten elementos que son comunes en la escritura de mujeres, como, por ejemplo, la retórica de la feminidad, visible en varios de los libros de nuestra colección. La investigadora Allison Weber llamó así a las distintas estrategias con las que una autora recurre a estereotipos femeninos relativos a su carácter y su lenguaje para escribir en un contexto adverso. Así, por ejemplo, varias de las autoras que aparecen en el Diario de México se presentan con humildad para después poder hablar de lo que las convoca con autoridad y firmeza. Por ejemplo, en una carta enviada por “La Cocinera del colegio de…”, publicada el 19 de junio de 1807, la autora se presenta de la siguiente forma:
Señor Diarista: No es la primera ocasión que le he dado a leer mis malas letras; pero habiendo visto que oye a los que se quejan de sus males, y que ha dado varios remedios para curarlos, y que yo he sido favorecida con el que nos dio de las hormigas en aguardiente, para los dolores epilépticos, reumáticos &c. &c. &.c quiero importunar su atención, y llamársela por un ratito, a que me oiga dos preguntitas, que voy a hacerle a nombre de toditas nosotras.
A pesar de que la consulta es sobre un asunto práctico, cómo ahuyentar a las moscas, la autora recurre a las estrategias de escritura que le permiten hacerse presente en un periódico de hombres.
Otra pista importante en el reconocimiento de la escritura de mujeres es que es más directa, sin tantas metáforas y sin muchos artificios literarios. Como ejemplo, tenemos dos cartas tomadas de la Gazeta de Guatemala, escritas por dos mujeres distintas que vivían la guerra en España y publicadas el 8 de noviembre de 1809 en el Diario de México. En la primera, firmada por Tu amiga J. de P., se lee lo siguiente:
Amiga mía: son las nueve de la noche, y hace una hora que estamos con quietud, después de treinta días de no cesar el bombardeo ni un minuto. No puedo darte una idea de los horrores y estragos que ha causado, y causa. Son once los morteros que tienen, y por consiguiente muy á menudo ván once al ayre (bombas), y en los intermedios van una, dos y á veces más. Al rededor de nuestra casa han caído más de cuarenta, pues como tenemos la Catedral enfrente, y allí saben ellos tenemos el almacén de pólvora, y que está la Iglesia y claustro lleno de gente, tienen allí su dirección; pero Dios nos ayuda, pues no obstante de haber caído seis en la Catedral, no ha pasado más que una, y aunque mató trece mugeres, é hirió catorce, es esto poco en comparación de la gente que había en la Iglesia.[1]
Es una escritura concreta que describe una situación de forma directa y sin rodeos, muy ligada a lo que la autora está percibiendo a través de los sentidos y las emociones que provoca mirar el horror de la guerra. Lo mismo que la segunda carta, firmada por Doña A. de R.:
Querida de mi alma: son las diez de la mañana, y acaba de llegar nuestra valiente gente, que ha salido en número de quinientos hombres, á destruir la batería que acaban de construir, para batirnos en brecha. Ha sido casi tenacidad el salir, pero era preciso, y han conseguido su fin matando horror de gavachos; y aunque nosotros hemos tenido alguna pérdida, ha sido nada en comparación de la suya. Estoy algo trastornada. El artillero de quien te hablé en mi penúltima murió antes de ayer: mucho lo he sentido.[2]
En los textos que se ha constatado de que son de autoría masculina no se observa esta forma de escritura tan concreta, ni tampoco el uso de la retórica de la feminidad. Al contrario, se suele observar una construcción literaria, de un personaje modelo y el uso un tono aleccionador.
Los seudónimos que suelen usarse son otra pista para el reconocimiento de la escritura. Los que sabemos que fueron usados por los editores o escritores con frecuencia aluden a algún calificativo irónico del comportamiento de las mujeres, como, por ejemplo, La Coquetilla, con el que firmó Carlos María Bustamante, editor del Diario, o La Descocadilla y La Desgraciada. En otros casos, los autores hicieron anagramas con sus nombres, como Antonia Pozelo Mosto y Tomasa Ontonelo Pozi (anagramas de Antonio López Matoso) o Noriama Giciona Mazorda (anagrama de Mariano Ignacio Madrazo).
En las cartas en las que podemos inferir que son de autoría femenina los seudónimos suelen ser más directos o la firma es el nombre real de la autora o sus iniciales. En otros casos, el texto aparece de forma anónima. Además de los ejemplos citados, aparecen los nombres de Matilde Escontol, Jertrudis Palacios y Vicenta Fieluz, María Eusebia, La Colegiala de las Vizcaínas, La Viuda Queretana, La Bachillera Poblana, Doña Felipa Ibáñez, María Bartola Caldas, Juana Quintero, Sor María Gertrudis de Cristo Amador y La agradecida M. V. T. P. S.
En los casos en los que es más difícil identificar ciertos elementos de escritura, el tema mismo de la carta puede indicar el camino. Cabe preguntarse por qué a un hombre le interesaría escribir sobre ciertos asuntos haciéndose pasar por una mujer. En algunas ocasiones, es muy evidente que existe un propósito aleccionador hacia las mujeres. Un tema recurrente en los textos escritos por hombres con seudónimos en femenino es el de la coquetería, la forma de vestir de las mujeres y su forma de comportarse socialmente.
En otros casos, no cabe esa intención y los temas indican otras inquietudes que no se explicaría que fueran exploradas por hombres que se hacen pasar por mujeres. Por ejemplo, esta oda a la naturaleza firmada por Matilde Escontol:
A la sombra acostados
En olorosos lechos
De mirtos, y de juncos,
Y de pámpanos tiernos,
Sobre nuestras cabezas,
De los olmos y fresnos
Las ramas, se mecían
Agitadas del viento.
En sus frondosas copas
En sus frondosas copas
Con revolido inquieto.
Las ardientes cigarras,
Cantaban mil conciertos.
La melosa calándria,
Resonaba á lo lejos;
Y su compás seguía
Alondras y gilgueros.
La tórtola gemía
En los álamos secos,
Bolviendo las montañas
Sus lugares acentos.[3]
O esta carta de Juana Quintero, en la que denuncia los abusos cometidos en los baños públicos:
S. E. ya que todos tienen lugar en su periódico de U. para exponer sus ideas en beneficios del público, permita U. á una ciudadana que tome una vez la pluma para ver si se destierra un abuso que cualquiera calificará de inmoral y escandaloso, al mismo tiempo que es contrario á la modestia que debe caracterizar á nuestro sexo.
Sepa U. pues, que las pobres como, yo que no tenemos proporción de usar de los baños tan saludables á nuestra constitución, en nuestras propias casas, ocurrimos á los baños públicos, ó temascales, pero en estos, Señor Editor, hay el odioso abuso de que en los departamentos donde se bañan las mugeres, á ciencia y paciencia de los amos, entran los hombres á proveer de agua caliente y demás cosas que se ofrecen.[4]
Ante el prejuicio que persiste en muchos espacios académicos que pone en duda la posibilidad de que las mujeres escribieran en el pasado, cabe recordar estos elementos que forman parte de la genealogía de escritura de las mujeres. Gracias al recorrido hecho en el grupo de investigación y al conocimiento que hemos desarrollado en torno a los escritos de mujeres, es posible encontrar evidencias contundentes para identificar la voz de las mujeres aunque la identidad de las autoras sea un misterio. Es un error metodológico llenar vacíos con asunciones que contradicen a las fuentes mismas. Por ello, el punto de partida es siempre escuchar a las fuentes y recurrir al conocimiento que nos ha dado estudiar los escritos de mujeres de distintas épocas.
[1] Tu amiga J. de P., “Lealtad”, Diario de México, miércoles 8 de noviembre de 1809, núm. 1499, tom. XI, p. 554.
[2] Doña A. de R., “Lealtad”, Diario de México, miércoles 8 de noviembre de 1809, núm. 1499, tom. XI, p. 555.
[3] Matilde Escontol, “Oda”, Diario de México, miércoles 6 de noviembre de 1805, núm. 37, tom. 1, p. 145.
[4] Juana Quintero, “Abusos en los baños”, Diario de México, lunes 7 de junio de 1813, núm. 169, tom. I, p. 688.